Una vida en un campo de refugiados

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Dadaab ha llegado a acoger a medio millón de refugiados. Foto: Wikimedia

“Hay cosas con las que nunca he soñado. Ir a la universidad es una de ellas“. Asad Husein tiene 21 años y vive en el campo de refugiados de Dadaab (Kenia). Allí nació y allí sigue. Pero su historia como refugiado comenzó, incluso, antes de que naciera.

Sus padres huyeron de Somalia con sus tres hermanos mayores en 1991, cuando estalló una guerra civil. Su padre pensaba que el país no era lo suficientemente seguro y trasladó a su familia a Mandera, un pueblo keniano que hace frontera con Somalia y Etiopía, donde la ONU estaba atendiendo a los primeros refugiados de la guerra.

En Mandera no había suficientes recursos para atender a todos los desplazados. Una de las hermanas de Asad murió y su padre empezó a perder visión. Cuando iban a operarlo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) dejó de atender el campo y le propusieron trasladarse a Dadaab. La familia aceptó para que pudiera ser atendido quirúrgicamente. Unos días después, nació Asad, el primero de los hermanos en nacer en un campo de refugiados.

Asad, ¿cómo es vivir un campo de refugiados durante 21 años, desde que naciste?

Creo que no puedes imaginarlo. No eres un ser humano como cualquier otro. No tienes permitido salir. No tienes un carnet de identidad. Sólo una tarjeta que dice que eres refugiado. No tienes permitido moverte por el país. Solamente estás ahí, abandonado en el tiempo. Esa es la verdadera tragedia.

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El campo de refugiados de Dadaab se abrió en 1991. Foto: MSF Kenya

Asad asegura que, dentro de ese vacío, algunos tienen la suerte de poder recibir una educación. Otros, simplemente, esperan a que Acnur les reparta algo para comer. Él se encuentra entre los primeros, entre los que leen libros para que corra el tiempo. “¿Has leído algún libro de Gabo (Gabriel García Márquez)?”, pregunta. Su libro favorito del Nobel es El amor en los tiempo del cólera. Vuelve a él una y otra vez. Calcula que lo ha leído unas quince veces. “Yo suelo leer sus libros traducidos al inglés, pero tú puedes leerlos en español”.

Esa pasión por las historias se la pegó su madre. “Era una gran cuentacuentos”, explica. “Aún recuerdo algunos de los cuentos que me contaba. La mayoría estaban basados en las experiencias de su propia vida”. Un día su madre le propuso que comenzara a estudiar. “No entendía qué significaba ir al colegio, pero sonaba bien”, recuerda. A la vuelta, su madre le tenía guardados periódicos antiguos para que siguiera leyendo.

Un billete de avión

Las Naciones Unidas abrieron un programa de reasentamiento para Asad y su familia en 2004. Les hicieron diecisiete exámenes médicos, pero el avión que tenía que llevarles a Estados Unidos nunca llegó. “Quizá fue un fraude”, cuenta. “Puede que alguien vendiera nuestro pasaje a una familia diferente. Estas cosas pasan”.

Asad llamó varias veces al centro de el centro de ayuda para los reasentamientos. Le dijeron que esperara, pero llevaba haciéndolo desde que nació. Maryan, su hermana mayor, sí consiguió el billete del avión que la llevó a Estados Unidos en 2005. El resto de la familia sigue esperando. No saben por qué.

Sus dos hermanos pequeños aún están en primaria. Sueñan con poder seguir estudiando. A veces, llegan becas a los campos. Asad, que acabó el colegio el año pasado, nombra dos organizaciones: la canadiense Window Trust Kenya y el Gobierno noruego.

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Dadaab está formado por cinco asentamientos distintos. Foto: MSF Kenya

Ahora les quieren obligar a volver

El 10 de noviembre de 2013, Kenia, Somalia y Acnur firmaron un primer acuerdo para facilitar que los refugiados volvieran a su país de origen. En esos papeles se aseguraba que ninguna persona sería repatriada sin su consentimiento, que no se usaría la fuerza, que los regresos serían voluntarios. El 6 de mayo de este año, el Gobierno de Kenia comunicó que iba a cerrar el campo en noviembre por razones de seguridad. Entonces, había cerca de 326.000 refugiados registrados en el campo. El 30 de septiembre, Acnur contaba 261.491, es decir, algo menos de 50.000 refugiados han abandonado el campo en los últimos cinco meses.

¿Pero son esos regresos realmente voluntarios? “La gente del campo está siendo obligada a volver”, cuenta Asad a este medio. “No hay otra opción para los refugiados. Si el campo se va a cerrar y no tienes ningún otro sitio al que poder ir, la única opción que te queda es volver. No es tu elección. No es voluntario. Te están forzando. Y eso, de acuerdo con la ley internacional, no está permitido”.

No es el único que piensa así. Human Rights Watch denunció en septiembre que los refugiados a los que entrevistó habían sido intimidados por el Gobierno de Kenia. Además, la investigación señala que no se les han explicado opciones alternativas al regreso, no se les ha dado información sobre las condiciones de vida en Somalia, pero, sin embargo, se les anima a que se vayan dándoles cuatrocientos dólares. No tendrían derecho a ese dinero si, por ejemplo, fueran deportados el año que viene.

En el mismo sentido, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha publicado un comunicado esta semana en el que se observa que el 86% de los refugiados residentes en Dadaab no quieren volver a Somalia. La causa, para la gran mayoría, es la inseguridad, ya que el 97% piensa que hay un alto riesgo de violencia sexual. Además, el 84,7% creen que no tendrán acceso a servicios sanitarios en Somalia.

Sin embargo, si Somalia fuera segura, Asad tampoco volvería. “Quizá mis padres sí, pero yo no. Yo he nacido aquí, en Kenia, en un país que no me acepta”.

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