El crimen de nacer

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Hazaras durante la festividad chií del Ashura Day en Herat. Imagen: Creative Commons (CC)

Kabul, capital de Afganistán. Son aproximadamente las siete de la mañana del 23 de julio de este año. ¿Escenario? Dasht-e Barchi, donde la etnia hazara es mayoritaria. “Hazara”: un término desconocido. Desde ese lugar parte un grupo muy numeroso que abarrota las calles en una protesta pacífica. ¿La causa? El Gobierno afgano ha cambiado la línea de electricidad, y ya no pasa por sus hogares. Se trata del último acto discriminatorio contra los hazaras. Pero no es, ni mucho menos, el primero. En realidad, solo es la última manifestación de una persecución que dura ya tres siglos, y que se ha cobrado un elevadísimo número de víctimas, todas del mismo bando. Y, aquella mañana, el final no iba a ser distinto.

De pronto, los manifestantes se encuentran acorralados por personas armadas que aguardan en los edificios cercanos. Las balas silban, la gente grita. Los hazaras mueren. La policía solo puede interceptar al tercer suicida antes de que alcance a la muchedumbre; dos ya han logrado explotar sus respectivas bombas. Resultado: 107 asesinados y 500 heridos. Y, entre los hazaras que contemplan la masacre, queda la sensación de que la historia se repite. Otra vez.

La que acabas de leer no es tu historia; aunque bien podría haberlo sido. Bastaría con que hubieras cometido un crimen tan grave como involuntario: el de nacer hazara en Afganistán. Pero no. Así que este es otro relato, uno más, de las terribles injusticias que suceden en Oriente Medio, un lugar que desde nuestra posición nos parece cada vez más lejano, más perdido de la mano de Dios. Este es un relato de represión, de exterminio, de marginación por parte de los tuyos: el relato de la etnia hazara y su sufrimiento. Y el de un chico, Latif Rahimi, que ha accedido a contar su historia a Je Suis Réfugié.

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Los taliban han perseguido a las hazara desde hace años. Imagen: Creative Commons

Latif tiene ahora 20 años, pero ha pasado ya buena parte de su vida huyendo. Hace mucho tiempo que dejó atrás su familia, al abandonar Afganistán. Él es hazara y, como tal, ha sufrido en sus propias carnes la violenta persecución de los talibán y la total indiferencia del Gobierno de Ashraf Ghani. Su padre fue asesinado hace dos años por los talibán de la etnia pastún. “Juegan al fútbol con las cabezas cortadas de los míos”, nos cuenta. A pesar de que la conversación está teniendo lugar a través de Facebook, puede apreciarse en sus mensajes la enorme tristeza que esconden sus palabras.

Hazaristan (la zona del país habitada por los hazaras) se halla en la parte central de Afganistán, rodeada por las regiones de los pastún. “En los dos últimos años, los talibán les han cortado la cabeza a alrededor de setenta hazaras; los atacan en las rutas cercanas a sus regiones, y los secuestran y asesinan. La mayoría son profesores, ingenieros, etc.”, agrega. Latif también habla de la dificultad que supone para la gente de su pueblo acceder a cargos públicos, y ofrece datos significativos: “Un hazara tiene entre un 2% y un 4% de posibilidades de llegar a ser ministro, cuando en realidad en torno al 70% de los estudiantes de cualquier universidad afgana son hazaras. Estoy convencido de que, si se realizara un test a mi gente sobre sus aptitudes laborales, el 90% resultaría apto para cualquiera de estos puestos”. Entonces, ¿cuál es la razón de esta injusticia? ¿Por qué les cortan de raíz sus oportunidades? Latif se aventura a dar una razón: “Temen que algún día podamos llegar a tener demasiado poder”.

¿Por qué los hazaras?

La persecución contra este pueblo, el tercero más grande de Afganistán, no responde únicamente a motivos religiosos (los hazaras son chiíes, a diferencia de los talibán), sino también a otros puramente étnicos. Como sociedad más abierta y democrática dentro de Afganistán, preocupada por la educación de mujeres y niños, sus gentes presentan un alto nivel de alfabetización, como bien indicaba Latif.

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Mujeres hazaras en el Valle de Bamiyan. Al fondo puede verse el hueco donde se alzaba uno de los imponentes Budas de Bamiyan, símbolos emblemáticos del pueblo hazara. Imagen: CC

 

El de los hazaras es un genocidio en la sombra. A lo largo de los tres últimos siglos se han visto salvajemente masacrados, desprovistos de sus tierras y sus derechos, y forzosamente desplazados una y otra vez. Entre los años 1890 y 1892, más del 62% de la población hazara fue exterminada por el rey afgano Abdur Rahman Khan, según hazarapeople.com (la plataforma online hazara más importante). El siguiente gran episodio de esta matanza ocurrió durante el régimen de los talibán, cuando los hazaras fueron masacrados nuevamente de manera inhumana en diferentes ciudades del área de Kanda Pusht como Zabul, Baghlan, Mazar-e Sharif y Bamiyan. Según informaciones de distintas organizaciones encargadas de velar por los derechos humanos, los talibán asesinaron sistemáticamente a más de 8.000 hazaras a lo largo de dos días en Mazar-e Sharif, en agosto de 1998. Además, demolieron las dos estatuas de Buda emplazadas en el Valle de Bamiyan, hasta entonces los símbolos histórico-culturales más importantes para los hazaras.

Desde la caída del régimen de los talibán en el año 2001, los hazaras no habían vuelto a sufrir un ataque tan devastador. Hasta que, este verano, 107 personas fueran asesinadas durante las protestas en Kabul. Dos horas después del atentado, los servicios de inteligencia afganos anunciaron que el ataque había sido perpetrado por Dáesh. Sin embargo, este último no reconoció la autoría de los hechos. Lo curioso es que tanto los servicios de inteligencia como los talibán coincidieron en señalar al grupo terrorista Estado Islámico como culpable, filtrando esta información a los medios. Además, simultáneamente se descubrió que en el atentado habían utilizado un tipo de explosivo -RDX- que sólo es accesible a los militares. Las sospechas se agudizaron, y la posibilidad de que la masacre tuviera la firma del Gobierno de Ghani fue poco a poco ganando enteros. Le preguntamos a Latif su opinión al respecto. El chico apuntó: “Habían avisado, dos semanas antes, al Ministerio de Defensa para que estuviesen preparados. Además, los talibán siempre atacan a los policías y militares, pero esta vez todas las víctimas fueron civiles. Esto me hace pensar que las autoridades sabían dónde y cuándo se iba a cometer el crimen”. Como señala hazarapeople.com, el hecho de que el Gobierno afgano limpiase con agua el escenario para evitar investigaciones inoportunas olía, como suele decirse, a chamusquina.

Sin embargo, a pesar de las muchas incógnitas aún por despejar en relación con el epicentro del sufrimiento de los hazaras en la actualidad, una cosa sí resulta clara: sufren. Y su manera ancestral de responder, no obstante, es siempre la misma: por medio de la palabra y la paz. Nunca se han vendido a las armas, porque eso es justamente lo que les diferencia de sus verdugos. Pero, a veces, la situación se hace insostenible. A veces un niño tiene que abandonar su hogar, trasladar sus raíces, y cruzar el mar de noche sin saber nadar. A veces, de estos infiernos surgen historias como las de Latif.

Su historia

La mía es una larga historia. Mi idea inicial no era acabar aquí, en Suiza. En Afganistán, solía ir a la universidad y dedicar mi tiempo libre a enseñar y ayudar a la gente necesitada, como hacía mi padre. Era feliz, hasta que mi vida se vio trastocada al morir él. Era profesor de escuela. Un día, los talibán lo capturaron y lo mataron, sin más. De esto hace ya dos años. Luego vinieron a por mí: no querían que estudiara. Por aquel entonces yo estudiaba la carrera de Ingeniería y Materiales.

Querían que me uniera a ellos.

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Barco en el que Latif llegó a Italia desde Malakasa. CEDIDA

Una noche, de camino a casa, me secuestraron y me llevaron hasta Irán. Yo estaba muy asustado. Una vez allí, unos hombres armados con cuchillos me obligaron a llamar a mi familia para pedirles que mandaran 6.200.000 dólares por mi rescate. Estaban locos. Al final, me liberaron, no sin antes amenazarme con la siguiente circunstancia: puesto que no tengo pasaporte, si la “policía” me cogía me enviaría a la guerra en Sudán del Sur o a de vuelta a Afganistán. Huí hasta Turquía. Durante veinticinco días, busqué algún sitio donde estudiar, pero todo era más difícil al no tener pasaporte ni nada. No pude quedarme más tiempo allí, y decidí ir a Europa. Para ello, junto con otros hazaras tuve que cruzar de noche el mar en lancha. Yo no sé nadar. Al llegar a Grecia, fui internado en el campo de refugiados afganos llamado Malakasa, a una hora de Atenas. Estuvimos esperando durante mucho tiempo, sin poder avanzar ni retroceder. Cuando cerraron la frontera de Macedonia, el pasado 20 de marzo, nuestras esperanzas se desvanecieron. Así que tuve que acudir a las mafias. Ellos me ayudaron a salir de allí. Me colé en el depósito de un barco que me trasladó hasta Milán.

Ahora estoy en Suiza. No sé si podré quedarme o si me deportarán. En caso de que ocurra esto último, intentaré permanecer aquí de manera ilegal durante cinco o seis años, y luego tendré que volver. Si, algún día, mi país fuese seguro, me encantaría volver, para terminar mis estudios y continuar ayudando a los míos. Echo de menos a mi madre. Vosotros, españoles, tenéis mucha suerte de vivir donde vivís. Yo no puedo regresar a casa porque, cada día, matan entre 100 y 200 personas. ¿Cómo puedo vivir en paz en un infierno semejante?

Este es un relato de supervivencia. Latif no es sino uno de los innumerables afganos de la etnia hazara que, en los últimos años, se han visto forzados a buscar cobijo en países de Occidente. Huyen de la inseguridad que produce saber que cualquier día pueden perder la vida, o desaparecer, o ver a alguien querido morir frente a sus ojos. Y, todo esto, por la única razón de ser quienes son: de ser hazaras. Así que, en cierto modo, el de Latif es un relato con final feliz. O, quizás, lo feliz de su relato es precisamente eso: que aún no ha llegado a su final.

La que acabas de leer no es tu historia; aunque bien podría haberlo sido. No lo es porque, en tu caso, nacer no fue un crimen.

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