Los nuevos refugiados son venezolanos

Fabiola Vásquez | Pamplona

Las noticias sobre Venezuela inundan la mayoría de portadas estos últimas días. Las acciones del Gobierno en contra de la Asamblea, mayoritariamente opositora, y las reacciones del pueblo en contra han avivado las calles. El miedo y la incertidumbre que hay en el país desde 1999, cuando llegó Hugo Chávez al poder, y con su sucesor, Nicolás Maduro, han hecho que los venezolanos no vean más salida que emigrar.

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Sudán del Sur: petróleo y sangre

Pablo Moraga – Kampala (Uganda)

Cristina nació en una aldea en el sur de Sudán, mientras los rebeldes luchaban contra el ejército del gobierno para conseguir más autonomía para la región, y esta experiencia le había enseñado un par de cosas. Entre ellas, que el ser humano es un perfecto canalla, un animal cruel y temible. Cristina conocía el hambre, el ruido de los kaláshnikovs y los gritos de las mujeres cuando las violan diez o quince tíos, uno detrás de otro.

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Estonia y el reparto de refugiados de la UE: una industrialización de la ayuda humanitaria

Álvaro Cabaleiro Diaz

Estonia acordó con la Unión Europea que aceptaría acoger una cuota total de 550 refugiados. De los posibles candidatos a recibir su protección internacional, Estonia rechaza a más de la mitad. ¿Por qué? ¿Es distinta la gestión de la política de refugiados en un país sin apenas tradición migratoria? El gobierno del país báltico lo tiene claro: sí. La protección internacional está absolutamente controlada y la selección de inmigrantes de la cuota es muy restrictiva.

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Eritrea, la Corea del Norte africana

Todos huyen de Eritrea. Cada mes, más de cinco mil de sus habitantes, según datos de la ONU. Con un 12% de la masa total migratoria a Europa, en este país se origina una de las desbandadas más numerosas de refugiados hacia el viejo continente. Pero hablemos de Eritrea: ¿qué esconde este país? ¿Por qué tantas personas se ven obligadas a abandonar sus hogares para intentar llegar hasta Europa, aún a riesgo de ser secuestrados, asesinados, o simplemente desaparecer?

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La historia de Kamal

A veces, cuando tu país está en guerra, la suerte consiste en que maten a otro en tu lugar. Kamal, un joven sirio que reside ahora Santiago de Compostela, cuenta cómo vivía y cuáles fueron las causas del exilio de su tierra en 2013.

“Era una vida normal, igual que la que lleva la gente aquí. Estudiaba, pensaba en el futuro, pensaba en ayudar a mi familia, en hacer mi propia vida y trabajaba. Quedaba con mis compañeros, con mis amigos y me buscaba la vida. De repente empezó lo que todos saben. Empezó la guerra allí. Tuvimos que escondernos en el sótano mientras mi familia se desplazó a otra zona. Sea al lado o sea lejos estás solo, no tienes a tu familia, estás preocupado. Un día cae un herido, lo llevan, y te encuentras que el herido es tu padre. La vida cambió desde el momento en que empezamos a ver a nuestros compañeros, a nuestros padres, a nuestros amigos, vecinos, cayendo heridos sin poder hacer nada”.

En Siria se graduó en Ciencias de la Salud, especializándose en ayudante de anestesista. Pero ante la falta de anestesistas del hospital de campaña tuvo que asumir el papel principal y atender a todos los que llegaban.

“Resulta que el hospital de campaña atendía a los ciudadanos que caían, a los manifestantes contra el gobierno. Al principio, cuando eran pacíficos, el hospital de campaña no estaba del lado de nadie, atendía a todo el que caía. Resulta que, como en cualquier sitio, el gobierno mandó a una chivata al hospital de campaña. Nos pilló y mandó una lista negra a los puestos de control que estaban alrededor de la ciudad y, en caso de salir de allí, nos cogen y nos matan o nos llevan a la cárcel. Ahí, cuando se triplicó la lista negra, un chico que se llamaba Kamal (mismo nombre y apellidos que yo), pasó por un puesto de control y, como se llamaba igual que yo, le detuvieron y le obligaron a bajar de su coche. Trabajaba como conductor. Él preguntaba cuál era su culpa y le contestaban que era porque trabajaba en un hospital de campaña. Él lo negaba porque no trabajaba en un hospital de campaña. Negaba porque no hizo nada, no podía decir que sí. Entonces el jefe le dijo: ‘No eres médico pero eres conductor. Así que estarás llevando oxígeno, heridos, comida o medicamentos al hospital de campaña’. El chico lo negaba totalmente”.

Al cabo de un tiempo un amigo suyo del hospital le comunicó lo ocurrido. Que un hombre con su mismo nombre y apellidos había muerto. Tras preguntar por el nombre del padre del fallecido, supo que se trataba de un compañero de la escuela. El padre, para poder llevarse el cuerpo, tuvo que firmar un escrito que ponía: “Kamal, 25 años, trabajaba en un hospital de campaña llevando heridos, oxígeno, medicamentos y comida a los rebeldes que están abajo”. Él sabía que no era cierto.

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Kamal era el único anestesista de su hospital de campaña. Imagen: CC.

“Me tocaba descansar un poco. Me llama mi amigo, que está en la cárcel ahora mismo, y me dice: ‘Mira, el padre de Kamal (el fallecido) está preguntando por ti’. Pero yo no podía verle, ¿qué le podría decir? Pero acudí hasta él y me advirtió: ‘Ten cuidado, te están buscando. Están buscando a un Kamal que está trabajando en un hospital de campaña.  Tienes que irte”. Me lo dice el padre de una persona que está muerta”.

Mucha gente le escribió desde todas partes. Desde el Líbano, Dubai y otros lugares donde tiene parientes y amigos. Su hermano, preocupado, acudió a la zona donde operaba porque no cogía el teléfono, y tanto su madre como él pensaban que había muerto. La madre, hablando con él por teléfono, le dijo algo que hizo que se decidiera a marcharse: “No aguanto pensar en el momento en que me digan tu hijo ha muerto. Tienes que salir del país”.

“La decisión no era solo mía. Busqué la manera de salir, un contrabandista que me facilitara el camino. Pasaron unos días y un contrabandista, cuyo sobrino había anestesiado, me dijo que esa noche podríamos salir porque nevaba y los soldados estarían resguardados en las tiendas. Entonces me llevó entre las dos montañas que separan mi país del país vecino, Irán. Tras nueve horas andando por las montañas, montando a caballo, con una botella de agua y su arma, llegamos a la zona de paso. Cuando me di la vuelta vi mi ciudad sin electricidad, porque nos la cortaban día y noche. Llegamos a una línea donde me dejó cuatro días. Cada noche yo intentaba cruzar, pero había emboscadas entre la esta valla y el Líbano. La cuarta noche, de madrugada, logramos salir”.

Una vez en el Líbano, fue su prima, residente en Madrid, la que mandó una carta de recomendación a la embajada española. Le concedieron un visado en España de tres meses y, una vez transcurrido ese tiempo, consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Santiago. Aprobó la selectividad y actualmente está estudiando Medicina.

Imagen de portada: CC. 

Autobús a Idomeni a ritmo de Burning

En mi cabeza suena el acento chulesco de Burning en Qué hace una chica como tú en un sitio como este cuando pienso que este verano estaré en Grecia como un turista más. Estoy pensando si ponerme o no calcetines debajo de las chanclas para acabar de ser el guiri ideal. Yo podré entrar y salir de Grecia cuando quiera porque soy ciudadano español, y en cambio cerca de 15.000 personas han sido desalojadas de Idomeni y no pueden moverse porque han nacido en Siria, Irak, Eritrea, Afganistán…

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La sentencia de la Unión Europea

La Unión Europea ha tomado una decisión: que no entre nadie más. Desde hace unos días y hasta nuevo aviso, todo inmigrante que llegue a Europa será enviado a Turquía. Concretamente todos los que hayan llegado a Grecia desde el 20 marzo. A cambio, el presidente turco ha pedido 3.000 millones de euros, la supresión de visados para los turcos que quieran viajar a Europa y la negociación para una futura entrada en la Unión de los actuales 28 países. Y, como no, Europa se lo ha concedido porque ya no sabe qué hacer.

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El año de inflexión fue 2014

Hace unas semanas, la UE firmó un acuerdo con Turquía para devolver a los refugiados que llegaran a suelo europeo. Todo por no querer hacerse cargo de ellos. Es más sencillo dar dinero a otros para que se encarguen ellos, algo que se podía haber hecho mucho antes, sin tener que esperar a que más de 4.000 personas murieran en el Mediterráneo en el último año.

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