Sudán del Sur: petróleo y sangre

Pablo Moraga – Kampala (Uganda)

Cristina nació en una aldea en el sur de Sudán, mientras los rebeldes luchaban contra el ejército del gobierno para conseguir más autonomía para la región, y esta experiencia le había enseñado un par de cosas. Entre ellas, que el ser humano es un perfecto canalla, un animal cruel y temible. Cristina conocía el hambre, el ruido de los kaláshnikovs y los gritos de las mujeres cuando las violan diez o quince tíos, uno detrás de otro.

En julio, cuando los soldados tomaron de nuevo su aldea, Cristina, su familia ―su marido, seis niños― y sus vecinos decidieron esconderse en el bosque. Pasaron dos semanas. Los días eran interminables. No tenían comida. Ni agua. Los niños enfermaban y lloraban. Pero no podían regresar a sus casas: sabían que los soldados estaban ahí afuera, esperando.

Una noche el esposo de Cristina desapareció, y ella y sus hijos resolvieron huir. Caminaron durante dos días hasta llegar a la frontera con Uganda.

Cristina y sus hijos viven ahora en el campamento de refugiados de Pagirinya: una planicie inmensa; miles de tiendas, cabañas y plásticos blancos que ocupan todo el espacio hasta el horizonte. El 18 de agosto las Naciones Unidas registraron en este campamento a más de 30.000 sursudaneses; todos habían llegado durante las últimas seis semanas.

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Cristina y uno de sus seis hijos en el campo de refugiados de Pagirinya. Foto: Pablo Moraga.

En ocasiones los chicos de Cristina lloran y preguntan dónde está su papá. Cristina no sabe qué contestar. Desde hace meses no ha escuchado nada sobre su marido ni sus hermanos. Y a menudo piensa que todos están muertos.

La guerra en Sudán del Sur empeora por momentos. Los rebeldes y el ejército continúan atacando a los civiles, el número de combatientes se ha multiplicado durante los últimos meses, y las Naciones Unidas dicen que podría producirse un “genocidio”.

En Sudán del Sur hay 1,85 millones de desplazados internos, y 1,5 millones de personas han huido a los países vecinos: es la mayor crisis de refugiados de África y la tercera de todo el mundo, después de Siria y Afganistán. La mayoría ―748.603― están en Uganda.

De acuerdo con ACNUR, solamente este año ―2017― más de 108.500 refugiados sursudaneses se establecieron en Uganda. Un promedio de 3.100 refugiados llegan a Uganda todos los días. Los campamentos están saturados y las organizaciones humanitarias no dan abasto: malnutrición, trastornos psicológicos, niños huérfanos, cólera.

*        *        *

Pocos países tienen una historia tan sangrienta como Sudán del Sur.

La administración de George W. Bush convirtió a la guerra de Sudán en un asunto preferente para los Estados Unidos y otras potencias occidentales. Los rebeldes sursudaneses habían luchado contra el régimen de Jartum desde 1955, y tenían pocas posibilidades de ganar la guerra. Los soldados sudaneses avanzaban con fuerza gracias sobre todo a la colaboración de China y los ingresos que obtenían del petróleo.

El segundo día de su mandato, Bush reunió a un grupo de expertos para “poner fin a la guerra de Sudán”. Los grupos evangélicos que apoyaron su campaña electoral estaban muy preocupados “por la persecución que sufrían los cristianos del sur de Sudán”.

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En el centro de recepción de Nyumazi, los refugiados recién llegados esperan su turno para recibir comidas. Foto: Pablo Moraga.

Washington transfirió sus ayudas a los rebeldes sursudaneses y la guerra de Sudán se convirtió en otra batalla de la Guerra Negra: China tenía el petróleo de la región ―más de 1.200 millones de barriles―, y los Estados Unidos lo ambicionaba.

La intervención estadounidense cambió el curso de la guerra. En el 2005 el régimen de Jartum se rindió y firmó un acuerdo de paz con los rebeldes.

El helicóptero en el que viajaba el líder de los rebeldes, John Garang, se estrelló el 31 de julio del 2005, sólo tres semanas después de que éste asumiera el puesto de presidente de la región semi-autónoma de Sudán del Sur. Todos los ocupantes del helicóptero murieron. Garang había defendido durante décadas la creación de un Sudán “nuevo”, “unificado”, en el que todos los pueblos tuviesen “voz en la dirección del estado”, pero sus ideas no eran populares: la mayoría de los sursudaneses preferían la secesión total de Sudán del Sur.

Los militares y políticos secesionistas ―como Salva Kiir y Riek Machar― ganaron terreno. En enero del 2011 se celebró un referéndum y el 98,8 por ciento de los sursudaneses eligió ser independiente. Ese 9 de julio Sudán del Sur se convertiría en el país más joven del planeta.

Sudán del Sur era un territorio devastado. Existían menos infraestructuras que en la mayoría de las naciones africanas cuando los invasores coloniales se retiraron, había pocas instituciones en funcionamiento más allá del ejército, y las divisiones étnicas eran rampantes. El gobierno de Jartum y algunos rebeldes habían utilizado las diferencias étnicas para debilitar a sus opositores durante 50 años de guerras intermitentes.

La administración de Obama y la comunidad internacional ignoraron estos problemas y apoyaron con entusiasmo la “independencia” de Sudán del Sur: crearon un país que dependía casi en absoluto de los donantes extranjeros.

Refugiados sursudaneses recogen agua en el campamento de Pagirinya; debido a la aglomeración ha habido algunos casos de cólera.jpg
Refugiados sursudaneses recogen agua en el campamento de Pagirinya. Debido a la aglomeración ha habido casos de cólera. Foto: Pablo Moraga.

La secesión permitiría a los estadounidenses, por fin, acceder al petróleo de la región y propinar un golpe duro a China y al gobierno de Jartum. Washington donó millones y millones de dólares. Pero Beijing ya poseía los yacimientos petrolíferos, y además ofreció productos relativamente económicos al mercado sursudanés, armas, infraestructuras, y una política de no-intervención en los asuntos internos del país.

Sudán del Sur se inclinó por China y los “matrimonios por conveniencia” de sus políticos ―guerrilleros enfrentados que de pronto se encontraron en el mismo equipo y al timón de un estado extremadamente rico en recursos naturales― quebraron. La guerra estalló de nuevo.

El 8 de julio del 2016 los grupos armados del presidente Salva Kiir y el ex vicepresidente Riek Machar combatieron por enésima vez en Juba. Machar se exilió en el extranjero y pidió una “resistencia popular armada” contra el gobierno de Kiir.

Kiir y Machar han manipulado las diferencias entre sus pueblos ―el primero es dinka y el segundo, nuer: las etnias más populosas de Sudán del Sur― para enfrentar a los sursudaneses. Mientras los ciudadanos luchan por motivos étnicos, las élites sursudanesas promueven estos combates para defender sus intereses personales.

Hay mucho dinero en juego, y todas las partes quieren un trozo del pastel:

―Me temo que el único motivo por el que Machar quiere tomar el poder es controlar las concesiones de petróleo. Esa es la creencia general ―me dijo la periodista sursudanesa Sisi Adhieu.

En la actualidad, los enfrentamientos se concentran sobre todo en el sur del país. Cuando Machar y sus rebeldes huían hacia el Congo, encontraron cientos de comunidades pobres como ratas y etnias que se sentían excluidas del gobierno: convencer a miles de hombres para luchar contra los soldados de Kiir era una tarea relativamente fácil.

El ejército del gobierno ―dirigido por dinkas― respondió con violencia: arrasó localidades enteras, quemó cultivos y casas, y secuestró y torturó a civiles. Muchos refugiados me contaron que los hombres que los atacaron eran militares de Kiir.

Todas las partes han cometido atrocidades que podrían considerarse crímenes contra la humanidad, y las Naciones Unidas han advertido que esta guerra podría durar años.

*        *        *

Joyce espera en el hospital del centro de recepción de refugiados de Nyumazi, en Uganda. Está sentada en el suelo. Su bebé ―James, dos años― sestea entre sus piernas.

Cuando apenas era una adolescente, Joyce y sus padres huyeron de la guerra del sur de Sudán. Se establecieron en un campamento en Uganda durante años. En el 2005, mientras los rebeldes celebraban su acuerdo con el gobierno de Jartum, regresaron a su aldea.

Joyce y su hijo, James, en el hospital del centro de recepción de Nyumazi; James tiene dos años y está malnutrido.jpg
Joyce y su hijo de dos años, James, en el hospital del centro de recepción de Nyumazi. Foto: Pablo Moraga.

A principios de julio los soldados mataron al marido de Joyce. Ella y sus hijos escaparon. Caminaron una semana. Sin parar. Hasta que se toparon con los funcionarios de ACNUR.

―Yo cargaba a mi bebé más pequeño; el otro caminaba y a veces lloraba y decía que estaba cansado.

Joyce ha cumplido 32 años y tiene la sensación de que su historia se repite una y otra vez.

―Cuando parece que ha llegado la paz, los soldados se ponen a pelear. Siempre es igual. No sé. Quizás esta es la vida a la que estamos condenados.

El bebé de Joyce tiene escamas en los tobillos, la tos muy áspera: sufre malnutrición severa.

El 29 de julio había 147 chicos malnutridos en el centro de Nyumazi. Recibían suplementos alimenticios, y los médicos hacían un seguimiento periódico de sus pesos, medidas y estados de salud. De acuerdo con ACNUR, el 58 por ciento de los refugiados sursudaneses en Uganda son niños con menos de 18 años, y el 86 por ciento son mujeres y niños.

Joyce habla muy despacio: dice que no comprende los motivos de la guerra en Sudán del Sur.

―La primera vez que huí a Uganda era una niña y sufrí mucho. Ahora mis hijos están sufriendo la misma situación. Su salud no está bien. En nuestro pueblo teníamos una casa confortable; si estuviésemos allí, quizás mis chicos no habrían enfermado. En el campamento a veces llueve muy fuerte y el agua entra en las tiendas. Ahora la comida es buena porque las Naciones Unidas nos ayudan, ¿pero qué va a ser de nuestro futuro?

Pablo Moraga.jpegPablo Moraga (Manzanares, Ciudad Real, 1994) es periodista y guía de montaña. Cuenta historias que suceden en África. Desde hace dos años vive en Kampala, la capital de Uganda. Algunos de sus artículos están aquí:

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