“Los españoles no nos dicen ‘fuera de nuestro país’”

Su canción suena extraña a tres grados bajo la lluvia de Pamplona. No entiendo el idioma en el que canta, pero puedo reconocer una palabra: Bagdad. Youssef Arrobeei (Maisán, Irak, 1990) estudió Económicas en la ciudad iraquí de Nayaf, pero su pasión es la música. Le gustan las canciones románticas. No tiene novia, porque guarda su corazón para una chica especial. Jura que en la universidad sus melodías triunfaban entre las mujeres. Esta canción es un canto de añoranza a la ciudad donde ha crecido, de la que tuvo que huir precisamente por eso, por cantar. Un grupo político que se proclama poseedor del auténtico Islam fue a buscar a Youssef para que cantase para ellos, pero él se negó. “A mí no me gusta la política, ¿sabes? ⎼cuenta con resignación⎼. Cuando estudias te das cuenta de que hay cosas que no están bien, que hay razones que no son válidas. Hablé con ellos y les dije que no cantaría para su grupo”.

Y entonces fueron a por ti…

Vinieron otra vez y me dijeron que si no quería cantar para ellos estaba muerto. Por eso me fui de Bagdad a Maisán, la ciudad donde nací y de la que procede mi familia. Al cabo de un mes me localizaron. Me dijeron que me encontrarían allá donde fuese. Entonces decidí marcharme del país.

Primero fui a Erbil, en el norte de Irak, en el Kurdistán. Desde allí crucé a Turquía en marzo. La frontera está cerrada, pero conseguí pasar en coche. Me llevaron unos kurdos a cambio de dinero. En Turquía lo pasé muy mal, sobre todo porque estaba solo. Desde allí fui a Grecia.

¿Cómo llegaste a Grecia?

En una lancha de plástico. Las cafeterías de Estambul están llenas de gente que ofrece a los refugiados la posibilidad de llegar a Grecia a cambio de dinero.  Yo me acerqué a una de esas personas, le pagué y me llevó en coche con otra gente hasta Esmirna, una ciudad portuaria turca, donde nos esperaba una lancha de plástico. Cuando fui a embarcar me di cuenta de que éramos demasiados; debíamos ser unos cincuenta entre hombres, mujeres y niños.

Hablé con el encargado y le dije que éramos muchos para esa lancha. Me respondió: “Si quieres, subes, y si no, te mato”. Tenía una pistola. La gente se puso histérica. Todos gritaban: “¡No, no, por favor!”. Entonces, para aligerar el sobrepeso, lanzaron varias de nuestras mochilas al mar, incluida la mía. Allí lo tenía todo: el pasaporte, el dinero… ¡todo! Subí sin nada en aquella lancha.

Navegamos tres horas. Hacía mucho frío, y no teníamos ropa de abrigo. La cosa se puso fea y el chico al que le encargaron el timón nos dijo que lo único que podíamos hacer era rezar. Todos le pedíamos a gritos a Dios que nos ayudara.

Pero vuestra lancha no se hundió…

Llegó un barco a rescatarnos, pero no sabíamos si era turco o griego. Si hubiese sido un barco turco nos hubiesen devuelto por donde habíamos venido, pero si era griego nos llevarían a Europa. Fueron momentos de tensión: la gente gritaba y los niños lloraban todo el rato.

Cuando llegó el barco, alguien nos preguntó quién hablaba english. Yo hablo inglés, y otras dos personas también lo hablaban. Nos dieron instrucciones para el rescate: primero teníamos que ayudar a los niños, después a las mujeres, en tercer lugar teníamos que salvar las mochilas y sólo después a los hombres.

De repente, una persona identificó la bandera que había en el barco que nos rescató: era la bandera griega. Todos respiramos tranquilos entonces. Nos llevaron, efectivamente, a la isla de Lesbos.

img_1344-1¿Cuánto tiempo estuviste en Grecia?

Estuve allí tres meses, aunque yo no quería quedarme en Grecia: yo quería ir a Europa. El problema era que la frontera con Macedonia estaba cerrada. Mientras tanto estuve viviendo en un campo de refugiados en Mytilini, en Lesbos. Mientras estuve allí vino una organización a hablar conmigo: “¿Quieres ir a Europa?”, me preguntaron. Yo dije que sí. Me dijeron que para mí sería fácil, que había un programa de acogida de refugiados con el que me podía elegir cualquier país de la Unión Europea. En principio me pareció bien, porque podía elegirme un buen país. Pero luego pensé que también podía tocarme un país en el que no quisiera vivir, como Serbia.

Entonces quise cruzar la frontera de Macedonia y llegué hasta Tesalónica, pero me disuadieron y volví al campo de Mytilini. Al poco tiempo me llamaron de aquella organización y me pidieron que fuera a Atenas porque me había elegido España.

¿Qué te pareció entonces que te acogiese España y no Serbia?

Cuando me dijeron que venía a España me puse muy feliz. Yo sabía algunas cosas de España: Real Madrid, Barcelona… Sabía que la cultura española es muy famosa y muy antigua, y, en realidad, siempre me gustó este país. Además, acoge a muy pocos refugiados, y eso era bueno para mí.

¿Qué piensas de los españoles?

Son buenos, muy amables y sociables… no nos dicen todo el rato “fuera de nuestro país” ni nada por el estilo. Cuando llegué aquí la gente se portó muy bien conmigo: están dispuestos a ayudar a los refugiados.

Además, el idioma es muy fácil para un hablante del árabe. Voy a clases de español todos los días. Todavía no me manejo especialmente bien, pero he aprendido mucho, aunque hoy por hoy creo que necesitaría un traductor.

¿Qué planes tienes para el futuro más inmediato?

Primero quiero encontrar trabajo. Después me gustaría conseguir los papeles, porque si los tienes sabes que hay futuro aquí. Me encantaría aprender a ser peluquero. En mi casa ya les corto el pelo a mis amigos, les arreglo la barba… Ahora todavía no puedo imaginarme teniendo una peluquería. De momento espero aprender. Y también me gustaría dar clases de árabe.

¿Piensas volver a Irak?

En cuanto termine el peligro, sí, pero ahora, no. Mi familia sigue allí, pero querría que viniesen a España. Aquí se vive bien.

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¿Hablas habitualmente con ellos? 

Poco. Antes, cuando estaba en Grecia, no hablaba nada con ellos; ahora que estoy aquí hablamos poco. Cuando yo tengo internet, ellos no tienen; cuando ellos tienen, yo no. Además, mi madre ya está mayor. Mi padre murió cuando yo tenía seis años, y ella vive con mi hermano pequeño. Ella tiene cincuenta y cuatro años. Aquí, en España, a esa edad no eres viejo, pero en Irak a los veintiocho puedes estar muerto. Aquí la gente no piensa que se vaya a morir. En mi país yo pensaba todos los días que podía morir. Cualquier día puede matarte un coche bomba.

¿Y quién pone las bombas?

¡No lo sé! Nadie lo sabe. Pero la maldad es muy vieja, y  eso no tiene nada que ver con la religión. En Bagdad hay cristianos, chiíes, suníes, y gente de otras confesiones religiosas. Todos tenemos un Dios, pero Dios no es el problema.

La vida no es sólo religión. Dios nos dio la religión para que vivamos bien y seamos buenas personas. Cada religión es un camino que lleva a Dios. Una vez, mientras el profeta Mahoma andaba por una calle,  una persona le lanzó basura. En vez de gritarle, Mahoma le dio las gracias. Otra vez pasó por la misma calle y no apareció el hombre que le lanzaba basura, y preguntó dónde estaba. Le dijeron que había caído enfermo y Mahoma fue a visitarle.

Estas son las cosas que enseña el Islam. También consideramos a Jesús como un profeta, y a Moisés, porque todos hablan de Dios. Pero yo no soy una persona muy religiosa. Acepto mi cultura, pero no practico la religión. Nunca voy a la mezquita.

No vas a la mezquita pero rezaste en la lancha que iba a hundirse, camino de Grecia…

¿Yo? Cuando llegué a Europa ya había visto morir a mucha gente. Llegar a Erbil fue muy complicado; la vida en Turquía era difícil y llegar a Grecia fue una odisea. Dios me dio la vida y me la conservó durante todo el viaje. Esto es lo que Dios quiere

¿Y ahora?

Ahora aprenderé a cantar en español, insh’Allah (si Dios quiere).

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PROBLEMAS CON CRUZ ROJA

Hay una relación tensa entre los refugiados en Pamplona y la Cruz Roja

Ahora mismo, su principal preocupación es alquilar un piso

Youssef llegó a España en junio con un programa de acogida de refugiados gestionado por Cruz Roja y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Está encantado con Pamplona y sus habitantes, y no tiene más que buenas palabras para los voluntarios de Cruz Roja. Sin embargo, en estos casi seis meses han surgido algunos roces con los trabajadores y el programa de acogida de esta organización. “Por ejemplo, lo del traductor. ¿Cómo es posible que Cruz Roja no pueda conseguirnos un traductor?”, se pregunta Youssef. Los traductores que Cruz Roja pone a disposición de los refugiados no son trabajadores, sino voluntarios, y tienen una disponibilidad de tiempo limitada. Además, hace tres meses, cuando se reunieron los refugiados árabes con la traductora de esta lengua, descubrieron con sorpresa que no podían comunicarse con ella. La razón es que el árabe no es una lengua unitaria, como el español, sino que tiene una variedad de dialectos tan grande que algunos de ellos son mutuamente ininteligibles. Y la traductora de Cruz Roja habla el árabe de Marruecos, de modo que un hablante del árabe iraquí no puede entenderla.

Por otra parte, Youssef asegura que necesitan asesoramiento legal. “Hemos estado casi seis meses sin abogado, que es lo que más falta nos hace. Me llamaron hace dos días para decirme que vamos a tener acceso a uno, pero todavía no he hablado con él”. Sin embargo, fuentes de Cruz Roja Navarra aseguran que el programa de acogida “contempla todo el asesoramiento jurídico necesario”. “Muchos refugiados que llegaron en la misma situación que yo ⎼continúa Youssef⎼ ahora tienen pasaporte español, y lo han conseguido porque tienen un abogado”.  Esto, explican en Cruz Roja, es teóricamente imposible. El estatus de refugiado excluye la posibilidad de ser ciudadano español. No tendría sentido que en España se acepte como refugiado a un ciudadano español. Youssef, en cambio, tiene ahora mismo un permiso de residencia de seis meses que tendrá que renovar en diciembre con el que no tiene derecho a trabajar, que es lo que él quiere. Esto se debe, según Cruz Roja, a que el programa de acogida tiene tres fases de seis meses, y Youssef todavía está en la primera. En esta fase se procura dar a los refugiados herramientas para integrarse en la sociedad, como la lengua española. Es en la segunda fase cuando se les procura una formación profesional que les permita introducirse en el mercado laboral, para llegar, al cabo de un año en el programa, a la fase de independencia, en la que los refugiados deben ser capaces de valerse por sí mismos.

Youssef vive en un piso con otras cinco personas. “Nos apañamos bien ⎼comenta⎼ aunque tenemos que compartir las habitaciones: necesitamos más intimidad para poder descansar. Nos hacen la compra y nosotros cocinamos. Yo les corto el pelo a mis compañeros de piso. Vivimos aquí seis meses, y en enero nos tendremos que ir. Eso está muy mal, porque ya nos habíamos acostumbrado a la casa”. Fuentes de Cruz Roja indican que la situación óptima que se procura es que los refugiados vivan al menos un año en la misma casa y que no tengan que compartir habitación. Puede que por la falta de recursos disponibles algunos refugiados en la primera fase del programa vivan en estas condiciones, pero se procurará reubicarlos cuanto antes, señalan desde la organización. El mayor problema para ellos, cuenta Youssef, es alquilar un piso. “Ya es difícil para un español, así que imagínate para nosotros”. Hoy por hoy, están buscando un piso donde vivir cuando tengan que marcharse de la casa en la que están. “Al principio el horno no funcionaba y estuvimos intentando cambiarlo hasta que lo conseguimos. Y ahora que lo hemos conseguido nos tenemos que ir, y el horno se lo va a quedar el dueño. Eso está mal”.

Los refugiados, en España, tienen acceso a la Seguridad Social como los ciudadanos españoles. Youssef necesita gafas, pero no ha podido conseguir unas hasta ahora. Se queja de los tres meses que tuvo que esperar para ir al médico. A pesar de todo, tres meses de lista de espera es algo habitual para consultas de este tipo en los hospitales españoles.

Aunque Cruz Roja no ha registrado ningún incidente entre sus trabajadores de Pamplona y los refugiados, Youssef asegura que la relación es tensa. “Los voluntarios de Cruz Roja son muy buenos y nos tratan muy bien. Sin embargo, los trabajadores nos tratan mal… Si digo que quiero hablar con un trabajador de Cruz Roja me dicen ‘sí, sí, espera tres horas. Después de tres horas te atenderemos, que ahora tengo trabajo’.  Nos hablan como a esclavos”.

Lo que le preocupa a Youssef es que ahora que hay menos de cien refugiados en Pamplona tienen este tipo de problemas. “Imagínate lo que pasará si llegan a España dos millones de refugiados, como en Alemania. Hay que intentar solucionar estos problemas ahora”.

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