Alberto Rojas: “Hay personas que no se quedan en su papel de víctimas”

Alberto Rojas (Puertollano, 1977) se define como reportero, porque le aburren las reuniones editoriales. En sus trabajos, busca las pequeñas historias, las que importan. Con sus fotografías, intenta reflejar el sufrimiento de la condición humana y el de las víctimas después de la guerra. Su lugar favorito para trabajar: África. 

En 2011, estuvo presente en la independencia de Sudán del Sur, el país más joven del mundo, un país que se fracturó en diciembre de 2013. Desde entonces, más de 800.000 personas han huido del país buscando refugio. En julio, una nueva crisis rompió la débil tregua y 65.000 personas más han tenido que escapar. Pero la mayoría de la población sigue atrapada: más de un millón y medio. Rojas fue allí en agosto para contar sus historias, para que “luego no podamos decir que no lo sabíamos”.

Hiciste una serie de reportajes para El Mundo en la que hablabas sobre los campos de desplazados en Sudán del Sur, sobre todo en las afueras de Yuba y en Malakal. En el primero de ellos, “Nos han violado a todas”, cuentas que las mujeres tienen que salir del campo porque dentro no hay leña para cocinar.

Sí, entre otras cosas.

¿Y por qué no hay esos recursos? Si es la ONU la que se tiene que encargar, ¿por qué no aporta esas cosas y así evita el riesgo que supone salir?

El tema de los PoC (Centro de Protección de Civiles) es una cosa que se ha probado en Sudán del Sur por primera vez. Es muy efectivo para evitar matanzas en un primer estadio de la guerra, porque cuando hay una limpieza étnica desatada, la gente se mete allí -en esa base militar- y consigues que no haya un derramamiento de sangre, al menos, demasiado sangre.

¿Pero qué sucede cuando eso se establece en el tiempo y la guerra avanza? Empiezan a surgir problemas o determinados vicios que hay que solucionar de alguna manera, como por ejemplo, el abastecimiento de comida. La comida llega gracias al programa mundial de alimentos (PMA), pero no siempre llega todo lo necesario. Con lo cual, mucha gente tiene que salir a algún mercado para poder comprar algo más de lo que le ofrece el PMA.

Hay una etnia que es nómada, parecida a los fulani, que tiene grandes rebaños de ganado y son los que venden leche a las mujeres de Malakal. Así, estas mujeres no tenían que salir de la base a comprar leche. Aunque a veces sí, y eso es lo mismo que pasa con la leña. Si  estas mujeres quieren cocinar, al final necesitan salir a por leña fuera de la base.

Lo mismo sucede para lavar la ropa. Las mujeres tienen que salir a una gran charca que hay fuera del campo. Es en esas circunstancias, cuando los soldados del Gobierno aprovechaban para secuestrar a estas mujeres, llevárselas, y luego violarlas, humillarlas y someterlas a todo tipo de abusos.

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Puesto de abastecimiento de agua en el campo de desplazados de Yuba. Foto: Oxfam

Y las fuerzas de seguridad de la ONU, ¿no tienen capacidad para avanzar cien metros y acompañar a la gente que sale de ese campo?

No. El problema de la ONU allí es de mandato.  La UNMISS (misión de las Naciones Unidas en Sudán del Sur) tiene un mandato con el que se compromete a ayudar al Gobierno de Sudán del Sur a proteger los derechos humanos. ¿Pero qué sucede cuando es el propio Gobierno de Sudán del Sur el que viola los derechos humanos? Ahí tienes un problema.

En febrero, un grupo de soldados del Gobierno entró en una base militar y estuvo matando gente que se supone que está bajo la protección de las Naciones Unidas. Mientras, los soldados de la ONU se preguntaban si podían o no disparar, porque se supone que están apoyando al Gobierno. ¿Pero puedes disparar a un soldado con galones del Gobierno de Sudán del Sur? Eso es lo que no sabían. Y tardaron horas entre que llamaban a sus superiores en Yuba, y que desde Yuba llamaran a Nueva York a preguntar si estaban habilitados para poder proteger a esa gente. En ese tiempo murieron al menos sesenta personas.

Aparte de esos ataques, otra de los problemas que tratas en esos artículos es el de la desnutrición. Una de las frases que decías era que “en Sudán del Sur sólo engordan los buitres”.

Sí, hay buitres en todos lados. Sobre todo porque es un país donde hay mucho ganado. Además, no se tira la basura. En un sitio como Malakal, la basura de la base se lleva a uno de los laterales y ahí hay todo tipo de buitres alrededor.

El problema del hambre allí viene de la falta de abastecimiento. Por culpa de la guerra, no hay seguridad en las carreteras  y cuando un tráiler lleno de comida entra en una zona, el señor de la guerra de esa zona se queda con parte de la comida, o con toda. Por eso, toda la comida que consigue llegar a Yuba o Malakal, tiene un precio muy caro.

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“¿Qué sucede cuándo es el Gobierno de Sudán del Sur el que viola los derechos humanos?”

Un sándwich en el hotel de Yuba en el que yo estaba tenía un precio similar a otro que hubiera pedido en los campos Elíseos o en la quinta avenida de Nueva York. ¿Por qué? Porque llevar esa comida hasta allí es muy caro. Si yo tengo que pagar un yogur, por ejemplo, a siete euros, imagínate qué tiene que hacer una madre con tres o cuatro hijos para alimentarlos.

Además, hay una táctica de guerra en Sudán -no de ahora, sino ya de la guerra contra el Norte-, que consiste en desabastecer deliberadamente zonas terceras, es decir, cortar las carreteras para que no llegue la comida y que la gente se muera de hambre.

Y la comunidad internacional, sobre todo la gente que apoyó la independencia de Sudán del Sur hace cinco años, al ver que se ha formado un Gobierno que se pelea entre sí -el presidente, Salva Kiir, y el vicepresidente, Riek Machar-, ¿no pueden entrar y poner una misión de seguridad, o tiene que depender de la ONU?

Tiene que depender de  la ONU porque la ONU es la que tiene que llegar a un acuerdo con el gobierno de Sudán del Sur para el despliegue de soldados. Estados Unidos, que es el gran patrocinador de Sudán del Sur como país, se ha ido borrando. Ha ido viendo cómo todo el dinero que ha proporcionado para el desarrollo se ha ido a las cuentas en el extranjero de esta élite sursudanesa que vuela en jet privado o que duerme en hoteles de cinco estrellas. Esa élite también se está gastando todo el dinero que sale del petróleo del país.

En las calles de Yuba se percibe una pobreza sin horizonte, porque a la gente no le está llegando ningún beneficio de la fundación del país ni de todos esos fondos que tan alegremente se repartieron al principio.

Yo  recuerdo haber visto allí a George Clooney dando abrazos y haciéndose fotos, vestido de safari, apoyando la independencia de Sudán del Sur. Hoy, no creo que al bueno de Clooney se le ocurra ir por ahí haciéndose fotos con un tipo como Salva Kiir, que es un reconocido asesino -no voy a decir genocida porque un genocidio es otra cosa-, pero sí un asesino con las manos manchadas de sangre. Y lo mismo te puedo decir de Riek Machar. Exactamente lo mismo.

Pero a pesar de todo ese desastre, a pesar de esa situación en la que parece que no hay esperanza, sí que hay historias que aportan un poco de luz. Me llamó muchísimo la atención la historia de Emmanuela John, una estudiante que sacaba sobresalientes en el infierno. ¿Cómo contactaste con esta chica? ¿Seguís en contacto?

Su historia me llegó por UNICEF, porque el colegio en el que ella se había examinado estaba apoyado por ellos en una zona rebelde que está cruzando el Nilo.

Yo me he encontrado en muchos sitios, rodeados de una situación de guerra y de conflicto, historias parecidas: historias de gente que no se queda en su papel de víctima. Elige pelear. Es decir,“ya no voy a ser una víctima nunca más. No acepto este papel. Voy a rebelarme contra eso”. Y Emmanuela era también una persona que se rebelaba contra su condición de refugiada -porque no podía ir hasta su ciudad, que era Malakal-, porque habían destruido su casa, y además ella se negaba a reconocer que no podía aspirar a ir a ninguna universidad.

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Ciudadanos de Sudán del Sur huyendo en un tren. Foto:Bertramz

Ella, con dieciocho años, ha acabado lo equivalente a lo que sería la educación primaria. ¿Hay becas, o donaciones particulares, que permitan a personas en esta situación ir a otro país para seguir estudiando?

Sí, las hay. Incluso, cuando yo publiqué esa historia, hubo gente que me escribió para ofrecerme becas o posibilidades. Lo que pasa es que ella tiene parte de su familia en una zona del país, está cuidando de sus seis hermanos y no es fácil moverla. Si quieres hacerlo, tienes que movilizar a toda la familia, conseguir un estatuto de refugiado o de asilo en un país que sea un buen sitio para estudiar, como por ejemplo Kenia. 

Me acuerdo que les dije a los de UNICEF: “Oye, se están ofreciendo para ayudar, os pongo en contacto con ellos y a ver qué podéis hacer”. Y lo dejé en sus manos. Además, me consta que en ese colegio, la gente que aprobaba el examen ya tenía pensado dónde iba a estudiar la secundaria. Iba a haber una continuidad. Emmanuela John, como estudiante, no se iba a acabar ahí.

Pero, sin embargo, hay niños que no corren la misma suerte que Emmanuela. Hay casos de niños soldado. Y hay casos de violaciones a menores. ¿Cómo se reconstruye un país después de todo el odio que se ha creado entre la población?

Yo no logré que ningún dinka o ningún nuer (las etnias del presidente y del vicepresidente, respectivamente) me dijera que odia al contrario. Pero las dos partes están muy manipuladas por los dos líderes. Es una lucha por el poder entre estos dos señores de la guerra, que son de libro, que llevan luchando desde que se enfrentaban al norte, a Sudán. No es algo nuevo. En los años 90 ya había dos facciones que combatían entre ellas.

Si buscas historias de Sudán de 1991 ó 1992, vas a ver cómo estaban John Garang, que era “el padre de la patria” o la persona que ocupaba el rango de jefe de los dinka antes de Salva Kiir, y Riek Machar, el actual vicepresidente. Y ya había una guerra. Y moría muchísima gente. Por eso, desde entonces, el Norte se ha apoyado en uno de los dos para machacar al otro.

Por tanto, no es un odio nuevo. Pero no es un odio entre las comunidades, sino entre sus líderes. Es una lucha por el poder. Son dos personas terriblemente irresponsables. Cómo se han cargado el sueño de un país… Yo estuve en 2011. Yo vi la pasión que sentía la gente por tener un nuevo país, de construirlo desde cero y de aportar cosas. Ese sueño se acabó. Eso está destruido. Y lo han destruido ellos.

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“Yo vi la pasión de la gente por construir un nuevo país. Ese sueño se ha destruido”

¿Qué te mueve, como periodista, para ir a estos sitios? ¿Contar las injusticias? ¿O hay algo más? Cuando empezaste a escribir e ir a África, ¿por qué lo hiciste?

Yo creo que África tiene una magnífica ecuación periodística: muchas historias que contar y muy poca gente para contarlas. En cualquier otra zona del planeta vas a tener mucha más competencia periodística. Es verdad que a lo mejor las historias africanas, por lo que sea, cuesta más colocarlas en un medio. Pero mi experiencia me dice que esas historias tienen lectores.

Muchas veces que hemos publicado algo en elmundo.es, donde puedes medir en tiempo real cuánto tiempo se queda la gente leyendo una historia, han ido siempre. No voy a decir que siempre, pero no me puedo quejar de cómo las acoge el público.

Y con respecto a lo que decías de si voy por algo más o no: yo no soy un activista. Yo no busco que las cosas cambien. Yo no creo que el hecho de decir que han violado a no-sé-cuántas mujeres vaya a cambiar nada. Su vida no la va a cambiar. Pero lo que no podremos decir es que no lo sabíamos. Es decir, yo he intentado contar algo para que el público español, que es al que me dirijo, lo sepa: “Esto está pasando allí”. Pero no aspiro a que cambien.

Si yo cuento la ruta de los refugiados, lo que está pasando en Lesbos o lo que pasaba en la ruta de los Balcanes, yo no creo que vaya a cambiar nada. Y de hecho no cambió. Ni lo que escribí yo ni lo que escribió nadie. Ni siquiera la foto de Aylan, con la repercusión que tuvo, cambió absolutamente nada. Pero aún así, tenemos que seguir publicando.

Si luego conseguimos que, gracias a la presión popular de la sociedad civil, cambie algo, pues bienvenido sea. Pero no nos corresponde a nosotros parar la guerra de Siria ni parar la guerra de Sudán del Sur. Nosotros sólo somos los que lo vamos a contar.

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