La historia de Kamal

A veces, cuando tu país está en guerra, la suerte consiste en que maten a otro en tu lugar. Kamal, un joven sirio que reside ahora Santiago de Compostela, cuenta cómo vivía y cuáles fueron las causas del exilio de su tierra en 2013.

“Era una vida normal, igual que la que lleva la gente aquí. Estudiaba, pensaba en el futuro, pensaba en ayudar a mi familia, en hacer mi propia vida y trabajaba. Quedaba con mis compañeros, con mis amigos y me buscaba la vida. De repente empezó lo que todos saben. Empezó la guerra allí. Tuvimos que escondernos en el sótano mientras mi familia se desplazó a otra zona. Sea al lado o sea lejos estás solo, no tienes a tu familia, estás preocupado. Un día cae un herido, lo llevan, y te encuentras que el herido es tu padre. La vida cambió desde el momento en que empezamos a ver a nuestros compañeros, a nuestros padres, a nuestros amigos, vecinos, cayendo heridos sin poder hacer nada”.

En Siria se graduó en Ciencias de la Salud, especializándose en ayudante de anestesista. Pero ante la falta de anestesistas del hospital de campaña tuvo que asumir el papel principal y atender a todos los que llegaban.

“Resulta que el hospital de campaña atendía a los ciudadanos que caían, a los manifestantes contra el gobierno. Al principio, cuando eran pacíficos, el hospital de campaña no estaba del lado de nadie, atendía a todo el que caía. Resulta que, como en cualquier sitio, el gobierno mandó a una chivata al hospital de campaña. Nos pilló y mandó una lista negra a los puestos de control que estaban alrededor de la ciudad y, en caso de salir de allí, nos cogen y nos matan o nos llevan a la cárcel. Ahí, cuando se triplicó la lista negra, un chico que se llamaba Kamal (mismo nombre y apellidos que yo), pasó por un puesto de control y, como se llamaba igual que yo, le detuvieron y le obligaron a bajar de su coche. Trabajaba como conductor. Él preguntaba cuál era su culpa y le contestaban que era porque trabajaba en un hospital de campaña. Él lo negaba porque no trabajaba en un hospital de campaña. Negaba porque no hizo nada, no podía decir que sí. Entonces el jefe le dijo: ‘No eres médico pero eres conductor. Así que estarás llevando oxígeno, heridos, comida o medicamentos al hospital de campaña’. El chico lo negaba totalmente”.

Al cabo de un tiempo un amigo suyo del hospital le comunicó lo ocurrido. Que un hombre con su mismo nombre y apellidos había muerto. Tras preguntar por el nombre del padre del fallecido, supo que se trataba de un compañero de la escuela. El padre, para poder llevarse el cuerpo, tuvo que firmar un escrito que ponía: “Kamal, 25 años, trabajaba en un hospital de campaña llevando heridos, oxígeno, medicamentos y comida a los rebeldes que están abajo”. Él sabía que no era cierto.

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Kamal era el único anestesista de su hospital de campaña. Imagen: CC.

“Me tocaba descansar un poco. Me llama mi amigo, que está en la cárcel ahora mismo, y me dice: ‘Mira, el padre de Kamal (el fallecido) está preguntando por ti’. Pero yo no podía verle, ¿qué le podría decir? Pero acudí hasta él y me advirtió: ‘Ten cuidado, te están buscando. Están buscando a un Kamal que está trabajando en un hospital de campaña.  Tienes que irte”. Me lo dice el padre de una persona que está muerta”.

Mucha gente le escribió desde todas partes. Desde el Líbano, Dubai y otros lugares donde tiene parientes y amigos. Su hermano, preocupado, acudió a la zona donde operaba porque no cogía el teléfono, y tanto su madre como él pensaban que había muerto. La madre, hablando con él por teléfono, le dijo algo que hizo que se decidiera a marcharse: “No aguanto pensar en el momento en que me digan tu hijo ha muerto. Tienes que salir del país”.

“La decisión no era solo mía. Busqué la manera de salir, un contrabandista que me facilitara el camino. Pasaron unos días y un contrabandista, cuyo sobrino había anestesiado, me dijo que esa noche podríamos salir porque nevaba y los soldados estarían resguardados en las tiendas. Entonces me llevó entre las dos montañas que separan mi país del país vecino, Irán. Tras nueve horas andando por las montañas, montando a caballo, con una botella de agua y su arma, llegamos a la zona de paso. Cuando me di la vuelta vi mi ciudad sin electricidad, porque nos la cortaban día y noche. Llegamos a una línea donde me dejó cuatro días. Cada noche yo intentaba cruzar, pero había emboscadas entre la esta valla y el Líbano. La cuarta noche, de madrugada, logramos salir”.

Una vez en el Líbano, fue su prima, residente en Madrid, la que mandó una carta de recomendación a la embajada española. Le concedieron un visado en España de tres meses y, una vez transcurrido ese tiempo, consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Santiago. Aprobó la selectividad y actualmente está estudiando Medicina.

Imagen de portada: CC. 

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