La sonrisa de Daniel

Es una mañana como otra cualquiera en Londres. El Southbank lleva el ritmo frenético de siempre: artistas callejeros, puestos de libros, música, turistas y más turistas. Pero hay algo nuevo; algo destaca entre el gentío, dando la sensación de estar completamente fuera de lugar. Hay una tienda de campaña en mitad de la calle. Es grande, y la lona, de un blanco sucio, está llena de pintadas. Dibujos de colores se mezclan con mensajes de paz y con protestas. Desprende un cierto aroma a hippie. Me acerco, avanzando entre las caras sonrientes de los voluntarios. Lo que veo dentro me deja petrificada. Decenas de láminas coloreadas recorren la línea horizontal de la tienda que queda a la altura de los ojos. La mayoría son manos: grandes y pequeñas, azules, rojas, verdes… Hay nombres en árabe, en francés; incluso hay láminas sin firmar, la palma desnuda, firme. El espectáculo está coronado por un cartel que dice: Welcome to jungle (‘Bienvenido a la jungla’).

Uno de los voluntarios se me acerca y señala una pequeña tarima y unos bancos que están colocando. Music tonight, you ought to come! (‘Esta noche, música; ¡debes venir!’). Pero, ¿música de qué? ¿Para qué? Se va igual que vino, y yo sin entender nada. Continúo deambulando por la tienda. Cada vez son más las manos, más los nombres; también hay pájaros, casas, flores… Alguien cae en la cuenta de mi sufrimiento, y me sonríe. Viene de frente, y en un inglés un poco torpe entra directo en el tema: “Esta es una de las tiendas que se han construido en Calais. Sí, yo estuve allí.” Intento que me explique si ha sido refugiado o simplemente voluntario, pero no sé si no me entiende o no quiere contármelo; solo se ríe y me dice que quite la cara de angustia. Es un chico muy joven, de rasgos árabes. Gesticula mucho al hablar, salvando a trompicones las dificultades del idioma. Siempre contento. Me cuenta en tercera persona (aunque no sé si quiere que sea primera) la desesperanza que reina en los campos de refugiados. Lo difícil de la espera.

Good Chance es una ONG que quiere derrumbar esa incertidumbre. Pretende dar un paso más allá, en un campo en el que las necesidades materiales están (más o menos) cubiertas, para alimentar el alma de esas personas. “La tienda en la que estás ahora”, me cuenta, “es distinta de todas las otras. Aquí se nos enseña que hay algo más, y que siendo creativos podemos deshacernos lentamente de nuestro dolor. Aquí estás a salvo, el tiempo se para y nada de lo que pasa fuera existe”. Entonces me doy cuenta de que todos esos artistas siguen en Calais, y yo estoy en Londres y Daniel (así me ha dicho que se llama) ha estado en los dos sitios. Hablamos de política, nos metemos un poco con los medios y él intenta cambiar de tema para no ponernos tristes (“El futbol español es el mejor”, me dice). Pero yo tengo prisa y empiezo a agobiarme porque no puedo evitar pensar en el horror cada vez que Daniel sonríe. Aunque a la vez me quedo tranquila porque sé que, al menos por unos meses, Calais se llenó de color.

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teresa

Teresa Reina Uribe (San Sebastián, 1995) estudia Historia y Periodismo en la Universidad de Navarra. Colabora con Je Suis Réfugié porque cree que los medios no están dando una cobertura adecuada del conflicto sirio, y como futura periodista se avergüenza de ello. Dice quiere cambiar las cosas. Los números nos dejan fríos a todos, pero conocer a los refugiados, hablar con ellos… esa es la única forma de entender lo que pasa. Y esa es la forma de hacer buen periodismo.

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