La guerra no es lugar para las familias

Antonio López Díaz

Belgrado. Cae la tarde en el parque Kalemegdan, donde el río Sava une sus aguas con el Danubio. Muchas personas y pequeñas organizaciones ayudan a los refugiados ofreciéndoles comida y agua. Al fin y al cabo, los serbios saben lo que significa ser desplazados. Después de 15 años aún hay compatriotas que tuvieron que abandonar Kosovo y vivir en las afueras de la capital en un campo de refugiados. ¿Quiénes son, en realidad, los refugiados? Estas son algunas de sus historias, que se han cruzado por los avatares de la vida tan lejos de su tierra natal, en este sucio rincón de Serbia.

La familia Dewas ha llegado hasta aquí desde Bulgaria. Atravesar el mar con los pequeños era demasiado peligroso. No van a quedarse mucho, sólo unas horas para descansar y en la mañana reemprender el viaje hacia la siguiente frontera.

Xalid es profesor de Historia en la universidad de Alepo. Sólo pudo ejercer un mes, porque la guerra desbarató su contrato. La vida en Siria era insostenible y pensó que valía la pena el riesgo de cruzar Turquía y media Europa. Su destino es Berlín.

Timo viaja con un viejo amigo que, además, es un actor conocido en Siria, el país donde ambos nacieron. Cuenta que “hace cinco años vivía en Dubái, trabajaba en el aeropuerto y tenía todo lo que se me antojaba. Regresé a Siria y empezó la guerra”.

Atravesar el mar con los pequeños era demasiado peligroso

No quiere que le fotografíen en el estado en que se encuentra; dice que no se reconoce. Está sucio, demacrado y sin afeitar. “Un taxi nos cobró 100 euros por llevarnos a un hotel en las afueras en el que nos aceptaran. Por la habitación pagamos otros 150 euros pero mereció la pena dormir en una cama. Ahora sueño con la siguiente ducha”

En el campamento, alguien les robó la cartera. Timo y su amigo esperan ahora recibir algún dinero desde Siria para poder continuar con su viaje. Sin embargo, todo les parece una pesadilla: “añoro la rutina, yo era feliz con mi vida cotidiana”.

Omar y su familia son suníes de Irak. Han llegado hace unas horas desde Tabanovce, en la frontera con Macedonia, como tantos otros. Esta es la ruta más habitual: cruzar en bote desde Turquía a las islas griegas, y continuar luego a través de Macedonia, Serbia y Hungría. Una vez en Budapest cada uno busca su destino final.

El camino se presentó cruel para Omar. Viajaba con su familia y con la mujer y la hija de su hermano, que vive en Bélgica. En Turquía su cuñada fue a comprar comida y no regresó. La esperaron unos días y decidieron continuar viaje. Se le rompe el corazón cada vez que su sobrina de dos años pregunta por su madre.

Cruzaron el mar cincuenta con personas en una barca para veinticinco. Cuenta que comandos griegos salieron a su encuentro en el mar y mientras les golpeaban con sus porras, trataban de pincharles el bote con cuchillos. Tuvieron que enfrentarse a ellos y lo grabó en un video: “cuando me encuentre a salvo en mi destino lo mandaré a los medios para que todo el mundo se entere de lo que nos hacen. Tengo mucho dinero; no necesito dinero, sólo necesito una vida”.

“No necesito dinero, sólo necesito una vida”

Esta actitud es igual en muchas otras personas refugiadas que huyen de la guerra: “nos tratan como ganado en cada frontera. Europa se llama igualitaria y democrática pero todo es mentira, mira lo que nos hacen” se lamenta un hombre sirio que recorre las vías del tren para llegar a la frontera húngara  cargado con un niño y con una mochila.

Así es la vida de muchos refugiados a su paso por Serbia. Pero Serbia, al fin y al cabo, no es más que un alto en el camino. Un autobús lleno de refugiados llega a la estación de tren de Szeged.  El campo húngaro de Roskze está desbordado y están enviando trenes al norte, al campo de Debrecen. Entre el bus y la entrada de la estación hay un cordón policial para asegurarse de que todos toman ese tren.  Les esperan también voluntarios de Migszol, una ONG local que se ha organizado para repartir bocadillos y botellas de agua.

Cuando los viajeros del primer autobús ya han entrado en la estación, una de las voluntarias se derrumba y llora desconsoladamente en los brazos de un compañero. A ningún refugiado le han informado de que les llevan a otro campo; todos piensan que les llevan a la siguiente frontera.

“Odio Hungría; nos han tratado como animales”

Del tercer autobús baja una ciudadana siria junto a su madre mayor. Rompe a llorar al recibir un bocadillo y una botella de agua. “Odio Hungría” grita repetidamente, “nos han tratado como animales. Llevamos tres días en un campo de refugiados donde golpean hasta a las mujeres, sin apenas comida ni agua. Nunca pensé que se podía tratar así a un ser humano”. Un miembro da ACNUR le acerca su mano entre el cordón policial para darle su tarjeta: “si tiene algún problema, llámeme”.

A día de hoy, Xalid y su familia están ya en Berlín y Timo en Kiel, al norte de Hamburgo. Quizá se queden o tal vez vuelvan a casa cuando la guerra termine y la estabilidad regrese a su país, todavía no lo saben. Lo que está claro es que no son tan distintos de nosotros.

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Esas son sus historias; estos, sus rostros. Estas son las fichas de familia que Antonio López Díaz ha elaborado para contar en una imagen todo lo que llevan vivido.

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AntonioLopez

El trabajo de Antonio López Díaz se divide en varias facetas: como documentalista realiza reportajes como freelance; como fotógrafo de estudio realiza todo tipo de encargos. Imparte clases y talleres de fotografía desde 2007 en distintas escuelas. En la actualidad imparte clases de reportaje en el curso profesional de la escuela EFTI (Madrid).

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