¡Oh, no! ¡Hemos creado un monstruo!

“¡Oh, no! ¡He creado un monstruo!”. Las palabras del mítico Doctor Frankenstein en la cinta homónima de 1931 bien podrían haber sido las de Obama y compañía al ver el berenjenal que entre todos habían montado en Oriente Medio (ellos y sus predecesores, claro está). En su eterna persecución de sus propios intereses, los gobiernos occidentales, yankees a la cabeza, jugaron a ser Dios, como el Doctor Frankenstein. Y ahora, como él, deben lidiar con las consecuencias de sus tejemanejes. La más reciente tiene nombre y apellidos, y es conocida por todos: el Estado Islámico. Les ha tocado a los Obama, Hollande, Merkel, Putin, etc. bailar con la más fea, como suele decirse: con los asesinos del ISIS y con la mayor crisis migratoria y humanitaria en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Pero… ¿Les ha tocado o, más bien, se lo han buscado? Y quizá lo más alarmante de todo esto sea que, ahora que la situación es irreversible y solo nos queda la fuerza bruta como medio para aplacar de una vez por todas esta amenaza, seamos nosotros, el pueblo llano occidental, los que no permitamos que así sea.

“Les ha tocado bailar con la más fea”

Tras el 13-N en París, el Dáesh amenazó a las principales capitales del llamado mundo occidental (una expresión, esta última, que recuerda a la Guerra Fría). El terrorismo, esta vez personificado en el ISIS, volvía a golpearnos, causando -además de 137 muertos- aquello para lo que nació y que su nombre bien indica: el terror. La sociedad estaba alerta, y daba síntomas de haberse enterado de una vez por todas de qué iba la película. Pero pasó el tiempo, algo que es inevitable, y el incendio pareció apagarse. Hasta que 35 personas perdieron la vida el 22 de marzo en Bruselas. 11-S, 11-M, 7-J, 13-N y 22-M. Suma y sigue. Una sucesión que a mí, que no tengo ni pajolera idea de números, podría parecerme un problema matemático de difícil solución. Y desde luego, es un problema. Y su solución no es ni mucho menos sencilla.

París

Hace algunas semanas, un compañero estudiante de Periodismo me comentaba que tenía la sensación de que el Dáesh había disminuido su actividad. Tenía excusa: hacía casi dos meses que no abrían telediarios ni copaban la primera plana de los periódicos. Porque, para la mayor parte del pueblo llano occidental, lo que pasa en Oriente, se queda en Oriente. Necesitábamos que algo disparara nuestras alarmas de nuevo. Nos pasa como a los niños pequeños: que, como diría mi madre, solo aprendemos a pescozones.

El pasado 29 de mayo, el Real Madrid paseaba por la capital la Champions lograda la noche anterior en Milán. El ambiente festivo fue roto momentáneamente por el presidente Florentino al dedicar la victoria a las víctimas de un atentado del ISIS en un local de hinchas del equipo en Baakouba, Irak, ocurrido durante el mismo partido. La segunda peña madridista de aficionados iraquíes atacada en menos de un mes, tras los sucesos del día 13 en Balad.

Siria

Obviamente, el eco que se hicieron los medios de estos hechos no tuvo ni la mitad de alcance que el que pudieron hacerse del 13-N o el 22-M. ¿Por qué? Porque el asunto solo afectaba a Occidente tangencialmente. Las víctimas eran aficionados del Real Madrid, pero nada más. Seguían siendo iraquíes. Sin embargo, en plena Eurocopa de fútbol, el Gobierno estadounidense ha aconsejado a sus ciudadanos que no viajen a Francia. Hay un alto riesgo de ataque terrorista, dicen. Muchos, que posiblemente tenían pensado hacerlo, no han viajado. Y hacen bien. No vaya a ser que les pase a ellos lo que pasa en Siria día sí, día también. Pero, claro: es Siria.

“Las víctimas eran aficionados del Real Madrid, pero nada más”

No pretendo ser hipócrita: no hay duda de que el asesinato de un familiar me afectaría mucho más que la muerte de mi vecina del quinto. Pero si amenazaran a mi familia y a mucha más gente, ¿necesitaría que fuera un ser querido el que muriese para tomar conciencia de la situación? La policía alemana evitó en febrero un nuevo atentado del Dáesh. En Berlín hay hoy un número indeterminable de personas que siguen vivas gracias a esto. Alguno de ellos, si es un auténtico inconsciente, tendrá las narices de pensar que todo eso del ISIS no va con él. La del Estado Islámico es una guerra que en Occidente se disfraza de terrorismo, porque sus asesinos no pueden convertir todavía nuestras ciudades y países en su patio de recreo, como sí pueden en Siria o Irak.

Por supuesto, todos tenemos una vida que no podemos y no debemos vivir con miedo, y también dirigentes en los que confiamos para manejar estos problemas. Pero conocemos por experiencia, sobre todo aquí en España, las consecuencias que puede traer para un gobierno ir a la guerra sin el apoyo mayoritario de la opinión pública. Si no que se lo pregunten a Aznar. Por eso planteaba al principio una posibilidad que ahora vuelvo a señalar: ¿no seremos nosotros quienes, con nuestra inconsciencia, evitamos de algún modo que se combata al Estado Islámico de una forma más frontal y directa? Quiero pensar que no. Porque, como ya he dicho, fueron los gobiernos de Occidente los que crearon este monstruo. Solo nosotros lo podemos matar.

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