París, no fui yo

Estelle, Romain, Alban, Marie, Nicolas… 129 asesinados y 252 heridos. Cientos de familias resquebrajadas. La noche del 13 de noviembre el infierno alcanzó París.

Pero no sólo tomó París. Cuando oímos que habían explosionado bombas en la capital gala, que se escuchaban disparos, que había rehenes, todos señalábamos a Dáesh. Francia, Europa, el mundo, era consciente de que tenía al demonio dentro de casa. No podíamos creernos cómo habíamos llegado a esto. Seguro que los diablos habían entrado gracias a nuestra generosidad con los refugiados. Les habíamos puesto la alfombra. “Si es que ya lo decía yo, ¡que solucionen ellos su problema, que no nos lo traigan aquí!”. París, la ciudad del amor, mutaba su nombre. Ahora la conocerían como la urbe del odio.

Hace casi un año, en enero de 2015, París había sido víctima de otro atentado yihadista. La revista satírica Charlie Hebdo había publicado varias viñetas sobre Mahoma. Los hermanos Kouachi, nacidos en Francia aunque de padres argelinos, entraron en la redacción al grito de “hemos venido a vengar al profeta Muhammad”. El resultado: 12 fallecidos, dos de ellos policías. Ellos no pertenecían a Dáesh ni se habían entrenado en Siria o Irak. Una semana después del atentado, la rama yemení de Al Qaeda reclamó la autoría del atentado. Pero no hizo falta esperar a la confirmación para que los líderes mundiales condenaran el atentado y revindicaran su unión en la lucha contra el terrorismo, ya en casa. La paz europea se había derrumbado.

Este verano, el flujo de refugiados que llegaba al viejo continente aumentaba día a día. La guerra civil siria, unida al creciente poderío de Dáesh, se recrudecía. Muchos civiles ya no veían la solución a un conflicto que se alargaba durante más de cuatro años. Huían por la desesperanza. Y, en los países vecinos (Turquía, Jordania y Líbano) donde ya habitaban gran parte de refugiados sirios, la ayuda internacional colapsaba. Cuatro millones de refugiados viviendo en tiendas, containers o en la calle. Sin poder cubrir gran parte de sus necesidades básicas. Los padres no querían que la vida de su familia quedase anclada. Las madres veían cómo sus hijos no recibían una educación. Los hijos observaban extraños que sus padres no pudieran trabajar. Decidieron no quedarse ahí. Si se metieron en una barca, con chalecos, una noche de oleaje, fue porque eso era más seguro que quedarse en tierra. Desembarcaron en Lesbos (Grecia) y en seguida la saturaron. Grecia, sumida en una gran crisis, los trasladó a un ferry que los llevó a Atenas. Desde allí: Macedonia, Serbia, Hungría, Austria, Alemania.

Más de 820.000 personas han cruzado el Mediterráneo en lo que va de año. Sin control. De vez, en cuando, algún presidente amenazaba con la construcción de una alambrada en su frontera para frenar la entrada. Al alcanzar Hungría ya tenían vía libre para circular por el espacio Schengen.

¿Quién se haría cargo de todos ellos? La mayoría de los que llegaban a Europa eran musulmanes, de áreas en las que están actuando grupos yihadistas. ¿No podían suponer una amenaza? No. Al menos no todos, pues muchos eran niños, pero entre el bullicio y el descontrol podían infiltrarse terroristas, que captaran a más personas para su causa y atentaran en Occidente, en tierra cruzada.

La noche del 13 de noviembre, los refugiados veían cómo se les caía el mundo encima. Todos los dedos les acusaban. Si era cierto que los terroristas habían entrado con ellos, ellos mismos serían ahora sospechosos de cometer otro crimen. Todo se agravó cuando se encontró un pasaporte sirio a las afueras del Stade de France, junto al cadáver de uno de los suicidas. Las miradas no sólo se dirigieron a los refugiados -que ya asociamos con Siria-, sino que también acusaron a los musulmanes franceses. Viñetas sobre caballos de Troya, noticias sobre la imposición de la sharia, que si el islam es una religión que promueve la violencia… Un pasaporte sirio que apareció el mismo día en que se debía producir una reunión en Ginebra para buscar una solución al conflicto sirio. La atención internacional dejó de concentrarse en Siria. Se había trasladado a Europa, a sus refugiados, a París.

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La comunidad musulmana dio un paso al frente: #NotInMyName. “No en mi nombre”. “El ISIS no me representa”. Algunos citaban un verso del Corán: “Quien quiera que mate a una persona inocente, es como si hubiese matado a toda la humanidad” (Corán 5:32).  Esta campaña, que ya había nacido en 2014, fue trending topic en Twitter. No sólo pretendía condenar el atentado de la noche anterior, sino también evitar la islamofobia.

Esa fue la respuesta a la identificación de los actos terroristas por parte de la comunidad musulmana, pero… ¿Y los refugiados? Los que se encontraban en Calais, al norte de Francia, se reunieron y mantuvieron tres minutos de silencio. Varios de ellos, musulmanes, también negaron que el islam llame al terrorismo.

Por otro lado, el 15 de noviembre, dos días después de los atentados, la Inteligencia estadounidense afirmó que el pasaporte sirio encontrado junto a uno de los cuerpos sería falso, aunque el portador de ese pasaporte, según autoridades griegas, habría pasado por la isla griega de Leros a comienzos de octubre. Si era cierto que al menos uno de los terroristas había entrado con los refugiados, había que poner un mayor énfasis en las fronteras, o cerrarlas para evitar la llegada de otro. Se reabría un dilema moral: ¿evitar el terrorismo en tu casa cerrando las fronteras o dejar pasar libremente a refugiados? ¿Dejarles tirados en la calle o esperar otro atentado? Francia decidió cerrar sus fronteras, aumentar los controles. Una medida entre ambas opciones.

Pero bombardeó Siria, aunque los terroristas fueran de nacionalidad francesa. Y con ello, han encrudecido la guerra. Cuando Rusia lo hizo, fue cuando más lo sufrimos en Europa. Septiembre fue el mes de los refugiados, fue el mes de la muerte de Aylan Kurdi, fue el mes en que Rusia montó el gran jaleo. Si había poca esperanza para la reconstrucción tras la guerra, con más daños, habrá menos. Llegarán más refugiados, sin rutas claras, sin control, o con tanto control que esperarán junto a las vallas. Esperarán, buscarán otros caminos, porque si la muerte te persigue, lo lógico es correr. El cierre de fronteras, impedirles el paso con unas vallas, no les frenará. Cuando les cerraron el paso terrestre entre Turquía y Bulgaria, se arrojaron en barcas hinchables.

¿Pero les vamos a dejar, otra vez, las puertas abiertas? Caminos seguros, rutas preestablecidas que permitan un mayor control: quizá sea una parte de la solución.

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